Homosexualidad
Homosexualidad es la interacción o atracción sexual, afectiva, emocional y sentimental hacia individuos del mismo sexo. Para referirse exclusivamente a la homosexualidad masculina se popularizó el término en ingles Gay. Etimológica mente, la palabra homosexual es un híbrido del griego homós (que en realidad significa «igual» y no, como podría creerse, derivado del sustantivo latino homo, «hombre») y del adjetivo latino sexualis, lo que sugiere una relación sentimental y sexual entre personas del mismo sexo.
Orientación sexual
El ser humano nace hombre o mujer, y según su orientación sexual puede ser heterosexual, homosexual o bisexual. Por otra parte, el transexualismo engloba a las personas que biológicamente tienen un sexo, pero se debaten en la convicción de que deberían haber nacido con el sexo opuesto.
La homosexualidad no describe una población uniforme, ya que los hombres y mujeres con esta orientación constituyen un grupo tan diferente entre sí como los heterosexuales y bisexuales desde los puntos de vista de educación, ocupación, estilos de vida, características de personalidad y apariencia física.
Causas
Existe gran diversidad en la definición de homosexualidad en la literatura científica. La actitud hacia la homosexualidad ha variado desde la aceptación en la antigua Grecia y la tolerancia en el Imperio Romano, hasta la condena absoluta en muchas sociedades, occidentales y del Oriente.
En el siglo XIX el neuro-sicólogo alemán Richard von Krafft-Ebing consideró la homosexualidad una “degeneración neuropática hereditaria” que supuestamente se agravaba con la excesiva masturbación; mientras que Cesar Lombroso –uno de los máximos representantes de la Antropología Criminal– se basaba en la Frenología y sustentaba la teoría de la degeneración. Así, locos, delincuentes, prostitutas, minorías étnicas y homosexuales fueron degradados, excluidos y marginados bajo los auspicios de la ciencia.
El psiquiatra austriaco Sigmund Freud postuló la existencia de una predisposición constitutiva, aunque también destacó el efecto determinante de experiencias durante la infancia (como por ejemplo, la falta de un progenitor del mismo sexo con el cual poder identificarse) y la frecuencia de experiencias homosexuales masculinas durante la adolescencia, que consideró como desviación sexual.
La orientación sexual se ha atribuido también a las relaciones distantes y hostiles con los padres. Los varones dicen los inclinados a esta teoría buscan una relación homosexual para obtener el amor masculino que en realidad nunca recibieron de su progenitor. Igualmente las hembras se acercan a otras mujeres para compensar la falta de amor femenina por parte de su madre. El lesbianismo se ha atribuido, de forma similar, a tener padres distantes, lo cual hacía que la niña no supiese relacionarse con hombres adultos. La homosexualidad masculina, mantienen algunos, puede atribuirse también a haber tenido madres demasiado protectoras, que no han liberado a sus hijos en el mundo masculino competitivo y así, estos no han aprendido a luchar en condiciones iguales por las mujeres.
La más reciente y popular de las teorías sicoanalíticas es la narcisista. Según ella los niños, en su etapa de desarrollo, se encuentran a veces tan atraídos por sus propios encantos que buscan parejas sexuales que ese les parezcan.
Sin embargo, todas las teorías sobre la homosexualidad y las relaciones con los padres parecen venirse abajo cuando son sometidos a experimentación. Una misma pauta de relaciones padre-madre y de relaciones padre-hijo o madre-hijo puede engendrar hijos homosexuales e hijos heterosexuales, tanto si las relaciones son íntimas como si son distantes.
Falsas concepciones
Muchos de los problemas que abruman al homosexual son creados por la hostilidad de la sociedad en que conviven. La reacción primera de una persona es negar acerca de lo que desconoce, teme o no se acepta. Si a esto le sumamos lo coaxialmente establecido por la tradición y los cánones religiosos, entonces podríamos comprender los innumerables prejuicios que han existido contra los homosexuales.
Ponderan los estereotipos, aún cuando está científicamente demostrado que el amaneramiento o los manierismos no conforman un elemento determinante en la orientación sexual. La apariencia física nada tiene que ver con la homosexualidad. Un hombre y una mujer que respondan a los cánones genéricos de acuerdo con la época en que se enmarquen, pueden ser muy masculinos o muy femeninas, respectivamente y, sin embargo, explotar su sexualidad según estimen, ya sea de una forma heterosexual u homosexual, o ambas inclusive.
Clasificaciones
Evidentemente ha existido un modelo comprensivo hegemónico, desde la ciencia y el sentido común, para entender los homoerotismos (y los sujetos implicados en ellos) a partir de los binomios “masculino-femenino”, “dominante-dominado”, “penetrador-penetrado” traducidos en disímiles nominaciones en dependencia del contexto histórico y geográfico: “activo/a-pasivo/a”, “erasta-erómeno”, “butchfemme”,“bombero-puta”, “bugarrón-maricón”, “hombre-joto”, “cacorro-marica”, “hombre-cochón”; de esta manera se relaciona el papel erótico desempeñado en la relación (asumido en la dicotomía activo-pasivo) con una estratificación por género, en la medida en que el papel activo es desempeñado por un sujeto “masculino” y el papel pasivo por uno “femenino”, perpetuándose así el esquema de dominación/subordinación inherente al régimen actual de regulación de la sexualidad.
Diversidad y discrimación
La diversidad existente respecto al género en estos grupos se interpreta a partir del par “congruencia”-“incongruencia” precisamente porque se concibe la existencia de una “normalidad” (la mayoría de las veces no cuestionada y presentada, explícita o implícitamente como algo dado naturalmente; la minoría, entendida como un producto social, pero no por esto discutida) que establece cómo “es” o cómo “debe ser” la proyección de género a partir de nacer hombre o mujer: los primeros deben ser masculinos y las segundas, femeninas. La noción de una “regla”, de una “normalidad y de un “deber ser”, y por tanto de un “no deber ser” que funciona como transgresión o insubordinación de aquellas, conlleva a que lo diverso sea entendido a través de esta lógica y según este criterio, con las respectivas implicaciones de positividad o negatividad valorativas que se desprenden de estos.
“Bombero”, “general”, “coronel”, “macho”, “machito”, “consorte”, “pelotero”, “boxeador” y “activa” hacen alusión a lesbianas cuya proyección de género es considerada muy masculina; “putón”, “puntico”, “puta”, “diva” y “pasiva” se refieren a mujeres homosexuales cuya proyección de género es considerada femenina.
A los sujetos que se encuentran entre los extremos se les dice “ambiguos” o sencillamente no existe una nomenclatura específica; comúnmente se les llama “lesbianas”, “entendidas” u “homosexuales” sin más aclaraciones13.
Entre los hombres “loca”, “pájara”, “loca de carroza”, “maricona”, “es más mujer que madre”, “ser muy hembrita”, “pasivísima”, “pasivo” y “pajarita” denotan a homosexuales considerados muy femeninos; y “machito”, “activo”, “varoncito” y “hombrecito” apuntan hacia individuos cuya proyección de género es considerada masculina. Los términos intermedios también se denominan “ambiguos”, “entendidos” o “gays” -en un sentido que va más allá de la orientación homosexual, y se refiere a la manera de asumirla genéricamente, en este caso.
Estas clasificaciones, por un lado desmontan el estereotipo -al partir de la diversidad de proyecciones al respecto- de suponer que la homosexualidad está inevitablemente ligada a la “inversión” del género asignado socialmente; en sentido general se comparte la idea de que no necesariamente existe separación o exclusión entre la homosexualidad y la feminidad o masculinidad esperadas. Sin embargo, no deslegitiman absolutamente la validez de esta concepción, sino que la hacen operativa y “eficaz” para un sector de la población.
A pesar del resquebrajamiento del absolutismo de este juicio no existe un cuestionamiento –y si lo hay es ínfimo y desolado- hacia lo concebido como “masculino” y “femenino”, ni hacia las relaciones establecidas a partir de ello. Pervive la idea de que la orientación homosexual se puede expresar, o no, a través de determinadas características relacionadas con la inversión de género; es decir, se comparte la noción de una “epistemología”14 de la homosexualidad fuertemente basada en este criterio, que aunque no es aplicable a todos los casos sí funciona como síntoma o señal de algunos susceptibles de ser distinguidos a simple vista. Existen frases que llaman la atención sobre ésto: “ser fuerte”, “tener fortaleza”, “llevar el cartelito en la frente”, “tener afectación”, “tener plumas”, “ser afocante”, “marcarse”, “ver la tuerca” (exclusivo de mujeres), “se le nota”, “ser abierto”, “estar pajareado” y “estar partío” (exclusivo de hombres), etc.
En este sentido se reafirma la posibilidad de distinguir la homosexualidad a simple vista a través de determinados rasgos considerados típicos y propios del otro sexo, y no solo por la preferencia sexo-erótica. De esta manera se vislumbra también otra escisión (no sólo la de congruente/incongruente) -o quizás sea más bien parte de la misma- que apunta a la idea de que la concordancia o discordancia de género es entendida por los sujetos como expresión de aceptación o de rechazo del homosexual hacia su condición de hombre o mujer; es decir, se concibe la existencia de homosexuales que asimilan y se sienten cómodos con “su” sexo/género (son “hombres” y “mujeres”) -todos los entrevistados se adscriben a este grupo, que para ellos resulta de cierta manera la postura “correcta”-, y otros que se sienten parte del “otro” sexo/género (son imitaciones de hombres” e “imitaciones de mujeres”).
Evidentemente esta concepción de la “inversión” visibiliza o invisibiliza, “expone” o “encubre” a los sujetos homosexuales partiendo del presupuesto ya visto y provoca divisiones al interior de estos grupos en la medida en que a unos “se les nota” y por tanto son más visibles y susceptibles de ser identificados (son los que manifiestan una proyección de género “incongruente” con lo esperado socialmente según su sexo biológico), y a otros “no se les nota” (son los “congruentes”) y pasan más inadvertidos socialmente.